Ana, la que piensa con el corazón.


Ana, la que

piensa con el corazón.

Michelle es la contracara de la hambruna afectiva.

En mis vacaciones en México, hace varios años atrás, encontré un tesoro. Superando en belleza a playas paradisíacas y monumentos mayas imponentes. Se llama Ana. Ana es la empleada doméstica que trabaja hace 5 años en la casa de mi hermano. Ana tiene 20 años y lleva algunas veces al trabajo a Michelle, su niña de 1 y 7 meses. Trabaja con ella gran parte del día por la casa, amarrada a sus espaldas con un "Reboso". Una tela de 1,5 mts. x 1,5 mts. Le hace upa a su hija a sus espaldas y luego pasa la tela atándosela al cuello. La vi andar de acá para allá, lavar ropa a mano, pasar el trapo, limpiar la casa en cada rincón. Espaldas que hacen de base segura, espaldas que dan calor humano y apego...

Le pregunté si no tenía a nadie que le cuide a su bebé y me explicó que los días que su marido puede estar con la hija la deja con él, los que no puede, ella prefiere traerla porque es muy pequeña para dejarla en una guardería. Su horario laboral es de 9 a 5 y contando las horas de viaje "sería una eternidad separadas y no sería bueno para ninguna de las dos", me explicó. "La mujer de la sonrisa pegada a su cara", me dijo mi hermano. "Así como la ves ahora, sonriente, está todo el día. Y viaja dos horas para venir a trabajar y dos horas de vuelta para regresarse a su casa".

Entonces, me callé. Se silenció todo dentro mío y la honré con todo mi ser. Se me vinieron al instante como un recorte de escenas tantas mujeres, yo misma a veces, "Las reinas del drama", quejándonos porque decíamos estar agotadas, extenuadas, hartas, reventadas, por haber tenido días complicados conciliando hijos, trabajo, casa, supermercado, pareja, familia, turnos en pediatras o dentistas, y sacada de piojos...

Entonces, la admiré. Y se lo dije una y otra vez. Entonces le pregunté si le podía sacar fotos. ¡Yo tenía que fotografiar a esta hermosura! Yo estaba frente a una Katherine Hepburn, a una Bettie Page, a una Bardot, a una Taylor. Momentos así no te suceden todos los días! Ana y su preciosidad. Ana y su magnificencia. Ana y su sabiduría femenina, ancestral, de mujer y madre, latiendo en perfecta armonía. Ana, una de esas tantas anónimas mujeres portadora de esa belleza que no sale en las revistas de moda, ni se reflejan en las lentes de las cámaras de fotos ni en los espejos. La lindura de su alma, y del amor y la alegría que brota de ahí. El brillo de su divinidad interior. El encanto de lo femenino y lo maternal.

¿Cuáles son las sociedades y las personas verdaderamente civilizadas y desarrolladas, avanzadas, en la vanguardia?, pensé... Ella sólo estudió hasta la escuela primaria. No pudo continuar más allá. Trabajar era imperativo para comer. Late en la sangre de Ana y en sus instintos, en el medio de su alma la profunda convicción de lo correcto: la cría humana necesita de la cercanía física y emocional de su madre. No necesitó ir a Harvard para entender esto.

Mujer bella que piensa con el corazón. Que entiende que "hay un tiempo para todas las cosas y cada cosa a su debido tiempo" y que el tiempo de amar es ahora, y el de trabajar es también ahora y encuentra la manera de armonizarlo todo. No hay mal humor en Ana, no hay sentimiento de culpa, no hay remordimientos, no hay caras largas. Seguramente, eso sí, dolores musculares que se desvanecen con la cama y el sueño. ¿Cómo no estar con una sonrisa pegada a su cara? La naturaleza instintiva, ligada a la escucha de su intuición con su espíritu creativo vivo y guerrero la ayuda a Ana a ingeniarse para vivir la vida bien. Y hacer las cosas bien es lo que hace al hombre feliz. Pensás bien, sentís bien, actúas bien, haces el bien, sos feliz. Ninguna psicoterapia ni psicotrópico puede ayudarte sino seguís esta fórmula en la vida. Escucharse. Vivir en concordancia con lo que nos hablan nuestras vísceras, nuestro espíritu, nuestros instintos. Si vivimos escuchando todo eso, no podemos equivocarnos.

En el fascinante libro "Mujeres que corren con los lobos" leí alguna vez que "es necesario que las mujeres conserven todas sus facultades instintivas, entre ellas la perspicacia, la intuición, la resistencia, la capacidad de amar con tenacidad, la grandeza de percepción, la previsión". Todo eso vi en Ana. Mujer guerrera. Mujer que no protesta. Mujer que lo puede todo. Mujer sabia. La fuerza y la sabiduría de la mujer es inconmensurable. ¡El día que todas las mujeres del mundo lo descubran, el planeta va a temblar por horas! No nos queda alternativa que imitarla. No a las mujeres que salen en las revistas. A las Anas que andan silenciosas viviendo cerca nuestro...


Nunca me olvidé de Ana y Michelle. Le pregunté a mi hermano hace unos días si tenía su teléfono para poder comunicarme con ella y saber como estaban estas dos preciosas mujercitas. Hablé con Ana por Whatsapp. Yo quería la confirmación de lo que tenía la certeza y estaba convencida que iba a escuchar. Ana me escribió lo siguiente: "Michelle ya tiene 6 años y gracias a Dios está muy bien de salud. La verdad es muy inteligente en la escuela, le va muy bien, participa en todo lo que sea, le gusta pintar mucho, le encanta bailar, hablar, es una niña muy feliz".

La combinación de presencia, amor incondicional, alegría,conexión emocional no falla nunca. No engendra tensión, malestar, agujeros, hambre. No deja cuencos vacíos sin llenar, que después se re siente la insuficiencia de eso que necesitamos y no tuvimos, de todas las formas y matices, a lo largo de la vida. Estos cuencos rebosados de lo que precisa el ser humano los primeros años de su existencia queda atrapado en cada célula del cuerpo y el despliegue de todo el potencial psicológico-físico-motriz-social-emocional-cognitivo-espiritual se desenvuelve con vigor y sin desperfectos.


Por un mundo con niños con cuencos colmados. Ese es mi sueño.


Lic. María Valeria Couture De Troismonts

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María Valeria Couture De Troismonts

Licenciada en Psicología

M.N. 18.283

Clinical Psychologist

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